Demandas, biomecánica y ciencia aplicada al básquet: el aporte de Adam Petway
Síntesis del artículo del Instituto de Formación y Deporte (IFD)

Adam Petway ocupa un lugar poco frecuente en la ciencia del básquet: produce investigación y, al mismo tiempo, entrena jugadores todos los días. A septiembre de 2026 es head strength and conditioning coach del básquet masculino de la Universidad de Louisville. Antes pasó por los Washington Wizards, los Philadelphia 76ers y la Universidad de Arkansas. Es doctor en Ciencias del Deporte por la Universidad Católica de Murcia, con una tesis sobre el perfil neuromuscular y las demandas competitivas del básquet de élite. Su trabajo responde a cuatro preguntas: qué carga impone realmente el partido, en qué estado neuromuscular llega el jugador, cómo acelera, frena y aterriza, y cómo se traduce todo eso en entrenamiento y retorno al juego. Dentro de la línea abierta por McInnes, Ben Abdelkrim, Montgomery y Scanlan, su aporte distintivo es conectar la exigencia del partido con la capacidad mecánica y el estado neuromuscular de quien la enfrenta.

La distancia total no describe la exigencia. Su revisión sistemática de 2020 analizó 35 estudios sobre carga interna y externa en jugadores de élite, subélite y juveniles. El hallazgo más contraintuitivo es que los jugadores de mayor nivel recorrían menos distancia total, a menor velocidad promedio y con menor frecuencia cardíaca. En cambio, tenían mayor capacidad de alcanzar velocidades altas cuando el juego lo exigía. Estos valores no son normativos, porque dependen de los minutos, la tecnología, las reglas, la posición y los criterios de cálculo. Además, la revisión excluyó el básquet femenino. La idea central es que importa menos cuánto recorre un jugador que cómo, cuándo y a qué intensidad lo hace.

El entrenamiento subrepresenta la desaceleración. Petway advirtió que no hay uniformidad para registrar aceleraciones y desaceleraciones: los rangos por partido son muy amplios y los umbrales cambian entre estudios. Aun así, la síntesis mostró una tendencia clara. La mayor brecha entre entrenamiento y partido está en las desaceleraciones de alta intensidad, que en competencia duplican con creces las del entrenamiento. No es una proporción universal, pero señala un riesgo concreto. Un equipo puede igualar en la práctica la distancia del partido y aun así no preparar al jugador, si no reproduce frenadas intensas, aceleraciones cortas, cambios de dirección, re-aceleraciones, contactos y aterrizajes. Esto pesa especialmente en el básquet, donde muchas acciones decisivas ocurren en espacios de dos a seis metros, sin alcanzar nunca la velocidad máxima.

La demanda se mantiene, la capacidad cae. En un estudio con jugadores de NCAA División I, Petway midió la carga de 17 partidos con cámaras y el estado neuromuscular con un test de saltos reactivos el día previo. Las demandas externas fueron prácticamente iguales a lo largo de la temporada. Lo que cambió fue el jugador: la altura del salto reactivo bajó de forma significativa y la fuerza pico tendió a reducirse. Una carga externa estable no garantiza que el jugador esté igualmente preparado para tolerarla. De ahí surge la lógica de ajustar prioridades según la densidad competitiva. Con un partido semanal se puede desarrollar fuerza y potencia. Con dos, conviene aplicar microdosis neuromusculares y recuperación. Con tres en pocos días, la prioridad es preservar la disponibilidad y recortar carga redundante.

El día previo como fuente de información. Otra investigación mostró que, antes de los partidos más rápidos, el índice de fuerza reactiva (RSI) aumentaba tras el entrenamiento del día anterior, con diferencia significativa respecto de los partidos lentos. La muestra fue pequeña y no demuestra causalidad. Aun así, sugiere una aplicación práctica: una microdosis de bajo volumen el día previo, con saltos reactivos, aceleraciones cortas y lanzamientos de balón medicinal, permite observar si el estímulo genera potenciación, una respuesta neutra o inhibición. El objetivo no es fatigar, sino leer el estado del jugador.

Posición y posesión. Un estudio con 44 jugadores profesionales, liderado por Ferioli y con participación de Petway, separó las acciones con y sin balón. Los bases tuvieron más tiempo y más acciones con balón. Pero cuando aleros y pívots recibían, una proporción mayor de sus acciones era de alta intensidad. Considerando todo el tiempo de juego, los pívots acumularon más acciones intensas por minuto que los bases. Esto desarma una idea instalada: que el base, por correr más, soporta siempre la mayor carga. Un pívot puede recorrer menos distancia y concentrar más contactos, saltos cortos, frenadas y trabajo isométrico.

El cambio de dirección por fases. Su línea más reciente descompone el cambio de dirección en lugar de quedarse con el tiempo total del test. En un estudio con 124 jugadores de programas NCAA Power 4, el tiempo total dependió sobre todo de la fase inicial y de la capacidad de acelerar en ella, más que de la desaceleración máxima. La consecuencia práctica es que dos jugadores pueden registrar el mismo tiempo con problemas opuestos. Uno entra demasiado rápido y necesita demasiados pasos para frenar; otro frena bien pero re-acelera lento. Analizados por fases, cada uno recibe un plan distinto. Así, el trabajo de cambio de dirección va más allá de los conos: incluye fuerza excéntrica, control del tronco, estabilidad de cadera, rigidez de tobillo, orientación del pie, aplicación de fuerza horizontal y respuesta perceptiva.

Lesiones: mecanismos y antecedentes. Un análisis en video de lesiones de ligamento cruzado anterior en la NBA encontró que solo una minoría ocurrió completamente sin contacto. Identificó tres mecanismos principales: la pierna proyectada hacia delante con contacto, el aterrizaje bilateral tras una entrada y el aterrizaje unipodal después de recibir contacto en el aire. Un trabajo posterior, sobre 125 roturas de LCA en la NBA, mostró que una parte relevante había sido precedida por otra lesión en los meses previos, con frecuentes antecedentes de rodilla o tobillo. Ambos estudios tienen limitaciones metodológicas y no permiten predecir quién se lesionará. Sí orientan la preparación hacia aterrizajes unilaterales, perturbaciones, frenado en posiciones no ideales y exposición progresiva al contacto. También sugieren que volver a competir no equivale a estar recuperado.

El modelo en cinco pasos. La lógica aplicada de Petway consiste en identificar la demanda real del partido, evaluar la capacidad del jugador, compararlas para detectar la brecha específica, intervenir sobre esa brecha y revaluar. Por ejemplo, si el partido exige muchas desaceleraciones intensas y el jugador necesita demasiados pasos para frenar, el problema no está en su volumen de carrera, sino en su capacidad excéntrica.

Precauciones de lectura. El artículo recuerda que esta producción es valiosa, pero debe leerse con cuidado. La revisión de 2020 excluyó el básquet femenino y varios estudios tienen muestras muy pequeñas. Las distintas tecnologías no producen métricas intercambiables, y los umbrales de alta intensidad varían según el dispositivo y el algoritmo. Además, correlación no es causalidad. La conclusión del IFD es que no se trata solo de preparar al jugador para producir movimiento. Hay que prepararlo para producir, absorber, redirigir y repetir fuerzas específicas en el contexto real del partido, conservando su disponibilidad durante toda la temporada.

IFD – Instituto de Formación y Deporte
www.formacionydeporte.com

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